MACHADO, Alejandro - Clase 12

A veces me gusta pensar que mis ideas funcionan como en un ciclo de creación, entropía y destrucción; un pensamiento se transforma en otro, sin dejar de ser, solo tomando una forma distinta. Como si cada idea fuera energía, que no se crea ni se destruye, se transforma. Imagino que mis pensamientos son como arena en una playa, que se moldea y deshace conforme van viniendo las ideas. Pero ¿sobre qué escribir? ¿Qué plasmar? ¿Qué expresar en una hoja en blanco? Se supone que no debería pensar tanto en un ejercicio así, pero mi mano se mueve mucho más lento que mis pensamientos, que caen y se destruyen, construyen castillos llenos de detalles. A veces imagino castillos de arena de cuatro pisos con escaleras en espiral, pero basta un mínimo estímulo, como una gran ola de tsunami, para desvanecer ese pensamiento. La arena se desmorona, lista para formar otra figura mientras que el agua (los estímulos externos e internos) revuelven mis pensamientos una y otra vez, en este proceso caótico, como un "espejismo" del cual me siento siempre defraudado, tal como lo expresa el Manifiesto Invencionista al referirse al arte representativo. El flujo de ideas es como esa ilusión que parece real, pero que al final me deja buscando más.

Es curioso, pero siento que en ese flujo también se manifiestan las necesidades más profundas que todos tenemos. Mientras escribo, me doy cuenta que busco satisfacer algo más que escribir palabras. A veces creo que escribir es una forma de satisfacer mi necesidad de entendimiento. Trato de dar sentido al caos en mi mente, de estructurar un mundo que muchas veces parece desbordante. No es solo información o conocimiento lo que busco, sino una conexión con la profundidad de esas ideas que quiero expresar. Este acto se convierte en un satisfactor sinérgico, que calma mis deseos de entendimiento y también satisface la creación, mi identidad e incluso mi libertad, todo en un solo movimiento. En cierto modo, el arte concreto, como señala el Manifiesto, también exalta la vida porque la practica, genera voluntad de acción, y en ese proceso creativo siento que también busco algo que trascienda la mera creación, algo que me impulse a situarme en el mundo.

Hay otras ocasiones en las que escribir me ayuda en la búsqueda de identidad. Al poner en palabras mis pensamientos, siento que reafirmo quién soy y cómo veo el mundo. Como el arte colectivo que se menciona en el Manifiesto Invencionista, donde la creación no está aislada, sino que sirve para la nueva comunión que se yergue en el mundo. La identidad, para mí es mucho más que solamente un concepto. Es cómo me reconozco y me afirmo. Cada pensamiento que se forma y se deshace aporta a la construcción de esa identidad que nunca puedo ver completamente sólida, pero tampoco completamente disuelta. Al escribir aparece un espacio seguro donde puedo explorar quién soy, qué soy, cómo soy, sin las restricciones que a veces impone lo externo.

Sin embargo, este proceso creativo tiene también una especie de entropía emocional. A veces siento que conecto con demasiadas ideas, que puedo resonar con casi cualquier cosa, lo cual me hace sentir un poco abrumado en medio de una multitud de pensamientos. Me pregunto si puedo realmente conectar profundamente con algo cuando tengo la capacidad de conectar con todo. Aquí siento la contradicción que el Manifiesto también plantea: "Basta con el arte como soporte de la diferencia". A veces siento que mi propia capacidad de conectar con tantas ideas me hace perder mi forma, y al igual que un arte que se pierde en la representación, me siento desbordado por esa multiplicidad. Quizás esa sensación está relacionada con una necesidad de participación, de sentirme parte de algo más grande. Mi empatía se ha vuelto tanto una bendición como una carga. Me lleva a recibir energías de los demás y sentir que participo y soy parte de sus experiencias. Sin embargo, cuando absorbo tantas realidades que no son mías a veces me pierdo de vista, como si mi identidad se diluyera.

Esta empatía en exceso, que a veces me hace sentir tan presente en la energía colectiva, también tiene su lado oscuro. Es como si al tratar de satisfacer mi necesidad de participar, de conectarme con los demás, freno mi libertad e independencia. A veces me pregunto si es posible que algo que nos da tanto sentido también destruye un poco de lo que somos. Es como si mis pensamientos fueran una arena movediza, absorbiendo cosas ajenas y al mismo tiempo perdiendo su solidez propia. Solo las técnicas agotadas se nutren de la tristeza, del resentimiento y de la confidencia, como dice el Manifiesto Invencionista,  resuena con mi sensación de estar atrapado en una dinámica que, a veces, me agota emocionalmente.

Me doy cuenta de que ese flujo constante entre construir y destruir ideas es en realidad una manera de navegar varias de las diferentes necesidades. Este proceso tiene equilibrio y ahí podría ser que esté la clave para sentirme realmente pleno: No debo perderme en mis pensamientos de arena, sino aprender a darles forma sin que se desmoronen en cuanto los moldeo. A veces basta una pausa o un momentito de silencio para encontrar claridad en ese mar de ideas y la satisfacción de mis propias necesidades donde no pierda mi identidad ni mi libertad. Como en el arte concreto, donde se busca generar acción, sin que se justifique la renuncia a la misma.

Cada palabra que escribo, cada imagen que visualizo, imagino, es una pequeña construcción mental que responde a mis deseos de supervivencia emocional y de entendimiento. Tal vez, al final, el reto de verdad es no solo satisfacer estas necesidades, sino aprender a hacerlo con armonía, sin perderme en ese proceso de creación, entropía y destrucción. A pesar de que disfruto pensar que mis pensamientos son como arena, también quisiera que, de vez en cuando, se convirtieran en algo un poco más sólido, algo que permanezca un poco más, como las acciones concretas que nos exaltan en la vida, en lugar de quedar atrapados en una ilusión. 

A veces desearía que mis pensamientos dejaran por un momento de ser la arena a la orilla del mar y ser a arena un poco mas alejada del océano, la arena donde las personas echan las toallas para echarse a dormir debajo del sol, y simplemente callarlo todo por un momento, que haya un momento de paz y tranquilidad dentro de mi alborotada cabeza, pero....así como la arena frente a la orilla del mar cambia, la arena mas alejada también, ya que es pisada una y otra vez por las que personas que la vistan, es decir es como si incluso en aquellos momentos mas romantizados de paz y silencio también hay pensamientos que revolotean en nuestra mente, así que supongo que no es posible dejar de pensar, lo veo difícil. Pero lo que si me gusta es que pensando mucho o no, con pensamientos que se revuelven una y otra vez por las olas, si disfruto bastante de estar en esta playa llamada mi ser, aunque a veces hayan muchas olas que me revolquen hasta la orilla.

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