MACHADO, Alejandro - Clase 9
En la última década, tanto Argentina como Venezuela han tenido que enfrentar una inflación descontrolada. Para enfrentar la crisis, los bancos centrales de ambos países comenzaron a emitir billetes con denominaciones cada vez más altas. Los nuevos billetes siguieron patrones similares a los anteriores en términos de diseño, lo que en lugar de ayudar, provocó confusión entre los ciudadanos.
En Argentina, por ejemplo, el
Banco Central lanzó billetes de 10,000 y 20,000 pesos en 2023. Aunque estos
incluyeron figuras históricas como Juan Bautista Alberdi y elementos de
seguridad avanzados como hilos de seguridad y marcas de agua, los billetes son
visualmente similares a los de menor denominación. Algo parecido ocurre en
Venezuela, donde en 2021 y 2024 se introdujeron nuevos billetes de 200 y 500
bolívares, mientras que las denominaciones más bajas dejaron de circular. Esta
constante reimpresión no solo complica la vida de los ciudadanos, sino que
también abre la puerta a estafas.
Viviendo en estos países, esta
situación me ha afectado profundamente. Cada vez que hay un cambio en los
billetes, tengo que aprender a distinguir rápidamente las nuevas
denominaciones. Esto se me complica cuando el diseño de los billetes es
demasiado similar a los de menor valor. Casi como si las cosas fueran constantemente desordenadas y necesitáramos reacomodarlas una y otra vez, un caos forzado por los cambios que no dependieran de nuestra voluntad. Para las personas mayores o aquellas
que no tienen acceso constante a la información, esta adaptación es aún más
desafiante, lo que han aprovechado los estafadores, quienes cambian billetes de
mayor valor por otros de menor denominación, creando desconfianza general hacia
el efectivo.
En este contexto, parece que cada billete nuevo introduce un "orden" que no necesariamente comparte el significado de orden que los ciudadanos tienen, una dualidad similar a la que Bateson menciona sobre la percepción de lo que significa desorden. Esta experiencia me ha enseñado
lo vital que es considerar el contexto en el diseño, en especial en algo tan
básico como el dinero. Al pensar en la importancia de la claridad y la
adaptabilidad en el diseño, me doy cuenta de cómo hasta los elementos más
pequeños pueden tener un impacto enorme en la vida de las personas. Vivir en un
entorno en el que el dinero parece casi intercambiable entre denominaciones
hace que me cuestione hasta qué punto los diseñadores deben tener en cuenta no
solo la estética, sino también la funcionalidad práctica, que en este caso
sería la fácil identificación de los billetes. Diseñar billetes no es solo una
acción técnica, sino una responsabilidad social, ya que afecta directamente la
forma en que las personas interactúan con su economía.
Podemos ver cómo un diseño puede
ser tanto un facilitador como un obstáculo. Los billetes deberían funcionar
como un medio de cambio de valor claro y transparente. Sin embargo, cuando el "orden" que se intenta imponer con cada nuevo billete no se alinea con el uso práctico de las personas, se crea el mismo tipo de caos que el que surge cuando intentamos organizar cosas en función de nuestro propio sentido de orden, sin considerar cómo otros las perciben. Este desafío se
convierte en un estímulo para pensar en cómo podría enfocarme en la usabilidad
y accesibilidad en cualquier diseño, más allá de los billetes.
En entornos de inflación y cambio
constante, el diseño de billetes debería facilitar la adaptación y protección
de los ciudadanos. Lo que en un contexto normal sería un detalle de diseño
(como el color o la disposición de los elementos en un billete), aquí se
convierte en una herramienta que podría definir la seguridad económica y la
confianza de una persona en el dinero que utiliza. Diseñar para estos contextos
de crisis debe tener una visión a largo plazo y un enfoque que minimice la
confusión y maximice la seguridad y confianza del usuario final.
Al igual que Bateson propone en su obra, es esencial que el diseño reconozca las múltiples formas en que las personas pueden experimentar un mismo objeto, en este caso, el dinero, y busque un equilibrio que se adapte a sus realidades cotidianas. Mi aprendizaje final de esta
experiencia es que un diseño claro y adaptado a las circunstancias puede marcar
una diferencia en la vida cotidiana de muchas personas, especialmente cuando
hablamos de un recurso tan necesario como el efectivo. En contextos de alta
inflación, no basta con añadir elementos de seguridad, es necesario desarrollar
un sistema de comunicación visual que permita la fácil identificación de cada
denominación, algo que puede lograrse con pruebas, ajustes y una
retroalimentación constante del usuario final.
En conclusión, vivir y observar
el impacto de los billetes en países como Argentina y Venezuela me ha servido
como una lección sobre la responsabilidad en el diseño y su poder para generar
confianza o, en este caso, desconfianza en un sistema económico. Un diseño
monetario debe ser accesible y fácilmente distinguible en cualquier
circunstancia, especialmente en tiempos de crisis, donde su rol como facilitador
de la economía es indispensable. Es un proceso que, como diría Bateson, no solo debe resolver el problema inmediato, sino también anticipar los efectos de la propia solución, creando una forma de "orden" que no termine pareciendo desorden a aquellos que interactúan con él. Esto me impulsa a seguir explorando maneras de
hacer del diseño un recurso accesible y comprensible, especialmente en
productos que juegan un rol fundamental en la vida de las personas.
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